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UN POR QUÉ DE LA PEDAGOGÍA



Interpreto la pedagogía como la vocación para transmitir una enseñanza y que en el proceso se reflexiona sobre el ser y el hacer de la persona humana, mediante diversidad de metodologías y didácticas aplicadas en un contexto.


La pedagogía como vocación es fruto de un llamado (necesidad existencial de autorrealización humana) desde el interior del pedagogo quien siente esa voz que lo invita para que asuma su misión de servicio. Esa es idealmente la razón de su oficio o profesión, muy similar a la del guía espiritual en las diversas culturas. Por eso el pedagogo de vocación en una sociedad que valore y respete su autoridad, ocupa el puesto de maestro, persona consagrada que se distingue socialmente por su manera extraordinaria de ser y en ese sentido la raíz etimológica de la palabra pedagogía "paidos" (niño) y "gogía" (llevar o conducir), resulta una metáfora acertada para referirnos a quien dedica su vida al arte de guiar por un camino a sus discípulos.


Desde esta perspectiva el pedagogo - maestro, es un noble que conforma con otros de su jerarquía espiritual, una aristocracia de la tierra. Es decir; representa la autoridad de los mejores seres humanos que enfocan su labor más allá de la transmisión de información y conocimientos.


Mientras me preparo un café, me quedo pensando en mi época de estudiante y por mi mente pasan escenas de mi infancia y adolescencia en el colegio de los Hermanos Maristas y recuerdo al amigo de las arañas, Andrés Hurtado, después con los ojos cerrados, viajando en el túnel del tiempo, me detengo en un aula de clase en el Instituto de La Salle, Hugo Toro Londoño, mi profesor de filosofía e historia de la cultura, con pasión habla entonces de un ideal humanista para transformar el país.


Me invade cierta nostalgia de tablero y voces juveniles; aparecen rostros; Lucho, Germán, Adolfo, Pomponio, Patato, Trucha, Leonardo, Alejandro, los Waldos y de mi corazón emerge un verso de Carranza: “compañeros de viaje y no me olvides”. Ahí todo está como ayer solo que ha pasado el tiempo y ya los adolescentes de entonces, somos hombres de ahora.


Evoco cuando fui profesor recién salido de la Facultad de Filosofía en un colegio de niñas y las imágenes me llegan interrogándome: ¿Liliana todavía escribirá poesía? ¿Qué habrá sido de la música de Natalia? ¿Clarita ya conocerá Grecia? ¿Al fin qué carrera estudiaría Carolina? ¿Adriana conservará su diario de vacaciones “dentro de la pared de cristal “? ¿Diana seguirá siendo admiradora de Robin Hood? ¿Vicky será comunicadora social? ¿Natalie lograría ser artista de la gastronomía? ¿Ángela Rocío seguirá siendo muy ordenada con su agenda? ¿Elsa Paola terminaría de leer la Ciudad de Dios? ¿Adriana seguirá amando el baile? ¿Les serviría el rollo de mis exposiciones?


Vuelvo a sentir por un momento la presencia de los pupitres, de las niñas con sus delantales azules y por la mente me pasan los amplios corredores, el jardín, los salones, la alegría de los recreos, todo como fragancia que se vive en un segundo y luego desaparece otra vez en el espacio misterioso de la memoria.


Sé qué significa lucir cariñosamente día tras día la bata blanca. Bata que en el cuerpo de algunos maestros transmite la prolongación del amor, la paciencia y la vitalidad para emprender en cada calendario una nueva aventura del conocimiento.


Admiro esa vocación silenciosa que invita a compartir con los niños en la edad cuando todo es comienzo, relámpago, sueño, y esperanza. Después los años nos enseñan muchas cosas, como por ejemplo el lento aprendizaje de la felicidad, pero allá en el fondo del recuerdo siempre están nuestros primeros maestros y maestras, esos que trazaron lecciones con letra indeleble en el corazón.


En momentos difíciles, por un instante, cuando existir es algo así como viajar por un túnel sin luces, del pasado a veces llegan voces con aire de colegio, risas de amigos entrañables, manos ya invisibles de antiguos personajes que me actualizan en la memoria aquella jugada esencial para ganarle una partida a la adversidad.


Consciente o inconscientemente los maestros eligen una profesión de liderazgo anónimo y responsabilidad gigantesca, digna de caballeros y damas con Magíster en el arte de amar, pero ese título no lo da ninguna universidad, ellos se lo ganan cotidianamente gracias al valor que lo caracteriza.


Quisiera musitarles al oído una reflexión de mi propia carne:


  • Ser pedagogo auténtico es ser poeta, vivir con sentido y convivir con los sueños de los estudiantes, integrando su pupitre al universo.

  • Ser pedagogo auténtico es ir al fondo del lenguaje, destilar el presente y permanecer en estado de infancia espiritual para siempre.


Raúl Guzmán González

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